El
país y sus pobres habitantes necesitan ver una esperanza, el regalo de
una moral colectiva, de una paz duradera.
El año 345 se reconoció
oficialmente el 25 de diciembre como el día de la natividad, pese a que
los evangelios no aseguran el nacimiento de Jesús ese día. Sin embargo,
esta singular celebración es para los cristianos del mundo la segunda en
importancia, después de la Pascua de Resurrección, y se festeja en todos
los puntos del planeta. Esta fiesta ha tenido una evolución constante a
través del tiempo, adquiriendo nuevas formas de manifestación, desde la
introducción de árboles adornados hasta personajes míticos. Pero en
verdad, ¿qué significa esta fiesta religiosa para la sociedad boliviana?
Creo que cada uno de nosotros le da un significado acorde a sus
necesidades; para un niño es sinónimo de regalos y juguetes, para los
comerciantes o empresas es una época de altos réditos económicos, para
un asalariado, ocasión de obtener un sueldo más; pero para la mayoría
de los bolivianos es una fecha más del calendario, que pasa sin
sobresaltos ni alegrías, porque nuestras estadísticas nos muestran
crudamente una realidad poco alentadora, donde no existen motivos para
celebrar y sí muchos problemas para atender.
De esta manera nos damos
cuenta que el regalo de las últimas Navidades ha sido aumentar “la
pobreza”. Antes teníamos una pobreza individual; hoy en día emergió
una nueva forma de pobreza, la de grupo o clase social, donde sólo el
hecho de ser indígena, campesino sin tierra o mujer, ubica a la persona
en una tácita condición de desventaja ante otros grupos sociales. Casi
siempre nos olvidamos que los pobres tienen necesidades todo el año y que
los niños no sólo aparecen para sonreír en diciembre. ¿A quién
queremos engañar con esas hipócritas actitudes, o es que algunos
“buenos ciudadanos” quieren aminorar la pobreza ofreciendo un carrito
de plástico a los niños o una imitación de Barbie a las niñas? La cosa
no es tan fácil, el país y sus pobres habitantes necesitan otros
regalos, ellos necesitan ver una esperanza, el regalo de una moral
colectiva, de una paz duradera, sin muertes ni atropellos; sin violencia
étnica ni política; necesitan el regalo de una sociedad más justa, de
obtener un trabajo digno; necesitan sentirse miembros de una sociedad que
vela por todos; necesitan de
una Navidad más simple pero sincera.
La Navidad ahora la hemos
hecho sinónimo de gran actividad comercial; de grandilocuentes reuniones
y fiestas y una apetitosa comida familiar. En verdad hemos cercenado el
verdadero significado de la Navidad. Esta fiesta cristiana es un hermoso
tiempo de reflexión, de ofrecer y pedir perdón, de hacer suyos los
valores más sublimes del ser humano y ponerlos a la práctica, de darse
cuenta que todos necesitamos de todos, de amar y sentirse amado, de dormir
con el alma tranquila y de pintar una esperanza en el lienzo diario de la
vida. La Navidad no es una fecha festiva; la Navidad es una actitud de
vida.
Con el tiempo la fiesta
navideña se ha ido acercando más a la
fiesta pagana que dio su origen, es decir, la fiesta dedicada al
dios Saturno, dios de la agricultura, que se celebraba durante siete días
con bulliciosas diversiones y suntuosos banquetes. Hoy parece que seguimos
en ese camino, pues aprovechando la cercanía del año nuevo, las
parrandas desenfrenadas son el quehacer constante de muchos bolivianos; no
hemos podido asimilar el sentido moral y espiritual que nos trae la
Navidad.
Tener una postura positiva
es algo muy difícil de lograr, conociendo que los pobres son cada vez más
pobres, y el trabajo escasea más a menudo, la mano de obra se abarata
constantemente, la delincuencia aumenta a pasos agigantados, los derechos
humanos son avasallados, los niños de la calle son cada vez más, la
inflación es mayor que el aumento de sueldo, la justicia mejor ni
mencionarla, porque abriga en su seno a muchos jueces que lucran con ella;
todos conocemos esta realidad, y sin embargo no hacemos mucho
para remediarla.
Seguro estoy que los
bolivianos somos capaces de recapacitar, de reconstruir la esperanza
sembrando gérmenes de amor, justicia y libertad. Esta Navidad no será
una fecha de regocijo para la mayoría de los bolivianos, para miles de niños
sin hogar; para muchas mujeres maltratadas; para muchas familias que estarán
vigilando un pedazo de tierra en conflicto; para muchos indígenas que ven
depredar su territorio, para muchos encarcelados que no tendrán la compañía
de sus seres queridos; y para muchos otros más, esta Navidad, no será el
mejor día. Pero pese a todo, no nos olvidemos de regalar a nuestros
semejantes una sonrisa sincera, porque en cada Navidad, junto con Jesús,
debe nacer la solidaridad y la justicia.
Wigberto Rivero es antropólogo, sociólogo y fue
ministro de Asuntos Campesinos y Pueblos Indígenas. Este artículo fue publicado en el matutino La
Razón, el día martes 17 de Diciembre de 2002. Reproducido con la
autorización del autor. |